En Galicia está lloviendo una barbaridad, con tanta agua casi era un crimen no meterse al río pero al estar la mitad del grupo (Carlos y Thomas) liados con la conferencia del Al filo de lo imposible, nos quedamos con las ganas de hacer nivel. Mi idea era hacer algo cerca, teniendo en mente el tramo fácil del Mandeo acompañando a los novatos. Tras hablarlo con Celso lo tuvimos que descartar por estar desfasado el río. Una conversación posterior con José Miguel hizo que tomara fuerza la idea de irnos todos al Ulla mítico, con el aliciente de una buena pulpada. Un breve vistazo a las pluviometrías de la zona indicaban una media de 20l/m2 lo que tampoco, a priori, nos hizo pensar en una locura de nivel.
A pesar de que se solicitó puntualidad religiosa, acabamos por juntarnos con una hora de retraso un nutrido grupo en Melide. En el equipo de los veteranos estaban Peteiro, Manuel, José Miguel y el que suscribe; mientras que en el de los principiantes se alineaban Celso, Jonás, Juan y Joaquín.
Al llegar al embarco nos llevamos la sorpresa de que el nivel estaba medio metro por encima de la referencia del caudal “bueno” unido a un color chocolate que hizo que, con muy buen criterio, Jonás no considerase la opción de meterse. El resto nos cambiamos algunos con cara de circunstancias y otros frotando las manos ;)
Nada más empezar ya nos encontramos con rápidos “potentillos”, pocas contras y muchos árboles (lo normal con el río fuera de cauce). Franqueamos la primera presa y yo me empecé a mosquear un poco cuando me di cuenta que en zonas de habituales remansos había trenes de olas. Pasamos la segunda presa sin mayores problemas y a partir de aquí nos encontramos con un festival de trenes de olas de longitud y altura considerables. Celso preguntó si faltaba mucho para el paso que se había comido en la ocasión anterior y no daba crédito cuando le comentamos que había rato que lo dejamos atrás.
Proseguimos a toda mecha, sin prácticamente descansos y procurando llevar a los tres principiantes en el medio, siguiendo a José Miguel y Peteiro, mientras que Manuel y yo cerrábamos por si había que echar una mano. El primer vuelco lo tuvo Joaquín al hacer un “backflip” en lo alto de una ola, cayendo irremediablemente encima de mí; ambos resolvimos con sendos esquimos. Decidí poner al día a los neófitos sobre las alegrías de la crecida, haciendo hincapié en que se quedasen en el centro de la corriente y que paleasen de forma activa. Vamos que nada de “be water” ;)
A medida que la pendiente se acentuaba el río se volvía un “Zambecito” con olas cada vez más grandes, lloronas que daban miedo y rulos monstruosos. Lo bueno era que debido a la velocidad tan alta a la que íbamos estos se atravesaban sin mayores problemas que candeletas y vuelcos a la salida. Manuel se partía el culo de risa “leyendo” a los “interfecto-sonda” de los novatos que se apartaban de la línea e iban acabando en agujeros de mayor o menor consideración, saliendo vapuleados. Especialmente coñero fue un momento en el que los tres se metieron de forma sucesiva en un rulete expulsando el siguiente al anterior :) Por suerte todos demostraron un esquimotaje a prueba de bombas, fruto de muchas horas en las olas.
En el rápido anterior a la Pena do Muíño, José Miguel alertó a todos de la importancia de pillar la contra a derechas ya que había que mirar en que estado estaba el paso en cuestión. Cuando llegamos a él no existía dicha contra y tuvimos que parar en una que había a la izquierda. Celso y Joaquín volcaron, pero resolvieron a tiempo para no colarse por el paso. Este presentaba un aspecto impresionante: el paso tenía una lengua muy estrecha bordeada por sendos rebufos salvajes, el canal de deriva desbordaba a todo lo largo y no existía por donde portear. Decidimos pasar todos a una minicontra en el lado derecho, en la cual Juan pescó a Joaquín a tiempo para que no marchase por el canal de deriva. El porteo “alternativo” exigía subir un desnivel, de más de 20 metros, prácticamente vertical, para integrarse en una selva de zarzas y demás plantas “malignas” dotadas de espinas y de ahí volver a descender al nivel del río. En vista de que iba con calcetines de neopreno sin suela, me afané por buscar “la línea” para evitar el porteo. El paso era posible, afinando una trayectoria en ele saltando el canal de deriva por donde este está roto, para caer a una fuerte corriente y enfrentarse a una ola bastante dinámica. En caso de fallo lo peor era pasarse el salto y seguir por el canal que iba directo a un sifón, lo menos malo era saltar por delante o por detrás del saliente y acabar “posiblemente” en la retorna del paso inferior o contra unos árboles respectivamente. Decidí hacerlo, a pesar de no contar con seguridad de ningún tipo. Me concentré desde un principio en seguir la vena de corriente “buena” y saltar por el sitio adecuado. En la recepción casco a la corriente y un par de paladas para franquear sin mayores problemas la ola. Paré en una minicontra para ver como mis compis subían las piraguas mediante las cuerdas de rescate perdiéndoles de vista en la maleza.
Bajé de la piragua y me empezó a coger el frío mientras esperaba por ellos, así que decidí embarcar e intentar cambiar de orilla para por lo menos estar en la parte soleada del cañón. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que no había contras claras y tuve que bajar en solitario unos doscientos metros hasta encontrar un sitio donde parar con seguridad. Allí esperé unos cuarenta minutos encima de una piedra hasta que apareció el resto del grupo. Mientras esperé pude observar como el río subía una cuarta, pero decidí no decirle nada al resto para no preocuparles.
El resto del descenso hizo mella en Joaquín al que se le juntó la “jugabilidad” de la Igo con su tendencia al esquimo de popa, lo cual le hacía volver a volcar tras esquimotar. Por suerte aguantó como un campeón aunque muy quemado. El volumen de agua junto con los pasos más desnivelados y encañonados de esta última parte obligaba a estar en alerta permanente. Con lo cual cualquier despiste tenía consecuencias “enmarronantes” como el rebufote que me comí yo por esquivar una rama. Por suerte entré tan vertical en él, que salí despedido haciendo un looping sin protagonizar lo que hubiese podido ser el centrifugado del año.
El paso del salto lo porteamos religiosamente todos ya que presentaba un rebufo sin salida (convexo) por un lado y otro doble (piedra socavada) por el otro. Por supuesto la seguridad era imposible de montar, la entrada directa al agujero y el porteo muy sencillo.
Lo que en teoría debía ser un remanso hasta el desembarco, por estar en la cola del embalse, era una sucesión de aguas complicadas, dos olas tremendas que vapulearon a Manuel de lado a lado del río y un rebufo que se comió Joaquín con patatas, supongo que ya por estar rendido y no seguir al resto del grupo por el lado menos malo.
Una vez fuera del agua, Joaquín nos comentó que el río le había dado una cura de humildad y se dio cuenta de lo problemático que es el esquimo de popa con volúmenes altos. Aunque el achacaba todos sus males a la Igo y no le faltaba parte de razón, muchos de sus problemas vinieron por la falta de anticipación y por un falso sentimiento de seguridad que perdió en el primer vapuleo. De todas formas creo que ya con la lección aprendida, la próxima vez que pille un río por las nubes lo va a hacer de cine. Cualquiera de los tres principiantes, demostraron estar preparados para ríos de más nivel, siempre que sea con piraguas apropiadas y con gente que los guíe.
Por mi parte estoy encantado con el descenso y quizás solo eché de menos el parar a jugar en algún que otro sitio.
Por variar llegamos tres cuartos de hora tarde a comer pero eso ya es otra historia…
Salu2