El sábado nos juntamos la tropa de siempre a falta de Carlos en Viveiró. Hacía un frío de narices y decidimos echarle un vistazo a la zona alta del Coruxos para ver si valía la pena embarcar en ella. Valer sí que vale la pena pero el caudal estaba escaso y los 60 metros que caía el desnivel en poco más de un kilómetro hacía presagiar un descenso demasiado largo. Así que al final optamos por bajar el tramo ya conocido.
El embarco en el puente del Coruxos por parte de Celso y mía no fue buena idea ya que al poco tuvimos que salir del afluente para portear un sifón de árbol. Thomas y José Miguel prefirieron entrar al río por el molino, embarque tradicional y más recomendable que el que hicimos los otros dos.
El río iba algo justo de agua y los primeros pasos (clase II) se hicieron penosos pero pasados los primeros metros se nos presenta una larga rampa formada por losas de granito pulido recubierto parcialmente de musgo y algún que otro saltito. Este tramito vence un buen desnivel y es de gran belleza a la vez que muy continuo. Con más agua tiene que ser directamente un éxtasis, aunque pobre del que vuelque por que se comerá hostias con patatas hasta llegar abajo.
Al finalizar la rampa el río se estrecha y se cierra, volviéndose ratonero. Tras unos cuatro pasos maniobreros vuelve la calma y los porteos por ramas donde un pequeño escalón nos llevará a la confluencia con el Landro. Con el aporte de éste último, nos encontramos ya en un río con más cauce y caudal.
El primer paso que obliga a parar es una entalladura que obliga a subirse a una losa de granito a la derecha para dejarse deslizar hasta un rulo longitudinal.


Entrada y salida del paso
Mientras pasa Celso, aseguro y saco unas fotos. Seguido viene un paso que da varias opciones, con el agua que teníamos lo más recomendable era hacerlo por la izquierda chicleando hacia el mismo lado para no acabar debajo de una piedra socavada, el paso continua con un pequeño tobogán en curva.

A partir de aquí, el río se convierte en una locura de saltos, rampas y toboganes varios. Destacan entre ellos el paso del codo, formado por un escalón de metro y medio tras una pequeña rampa en S. El agua nos lleva contra una piedra socavada que si no andamos con cuidado golpearemos irremediablemente con el codo.

Celso, saludando ;)
Una cascada de unos cuatro metros antecedida por un tobogán marca el inicio de la sección más cañera del río. La recepción es a piedra quedando un hueco de poco más de un metro libre de obstáculos. El paso lo abrí yo, pero me desvié un poco al chiclear y acabé chupando las del pulpo. El resultado, la proa hundida un puño para dentro, pequeña rotura de fibras en un abductor y una pequeña contractura en la espalda baja. José Miguel también tocó piedra, pero de refilón, mientras que el fenómeno de Celso la bordó ejecutando el salto dos palmos más a la izquierda que el resto. Thomas pasó de comprobar la dureza de su Prijon y porteó (la opción más razonable).

y otra vez el fenómeno
El siguiente paso, es una sucesión de rampa-salto-rampa que es muy divertido. El salto se deberá hacer a la izquierda ya que la recepción también está empedrada. Aquí la coña la tuvimos con José Miguel, que hizo el paso del tirón para que lo grabara el Germany, pero orilló tanto que protagonizó un hermoso balancín mientras el resto nos escojonábamos.

Primoy en una magnífica sección
Sigue una grada desigual que forma una hucha, bien se puede realizar saltando en diagonal al nivel inferior de la misma o chicleando por la izquierda. En esta ocasión todos optamos por saltar desde el lado más alto, aunque Thomas entró algo centrado y rebotó un poco en el nivel inferior.
El mejor paso del río es el siguiente, tratándose de una sucesión de tobogán, salto de tres metros y medio y un estrechamiento que está drosado a los laterales. En esta ocasión abrí, más que nada para quitarme el mal sabor de boca de la cagada en la cascada anterior. El resto me siguió turnándonos en las seguridades.

El río sigue encañonado y regalándonos pasos como una losa perfecta para chiclear antes de estrecharse y perder algo de desnivel.

José Miguel, tirándose un boof
Los últimos pasos recuerdan a los primeros una vez pasados entrados en el Landro ya que son más maniobreros y estrechos. Uno de ellos le gusta en especial a José Miguel ya que después de una rampita en curva viene un escalón que hay que chiclear girando para no acabar dándose de bruces contra un pequeño muro de piedra.
El río mantiene el carácter hasta el desembarco. Sabemos que de él hacia abajo aún hay un kilómetro y medio de pasos lindos y a partir de ahí un cañón muy profundo que por lo que vimos cuando lo pateamos en verano puede tener un par de secciones de clase V+/VI. Para haceros una idea, es como el cañón del diablo del Verdugo pero con mucho más desnivel y sorpresas de la índole de sifones integrales, marmitas cerradas, etc.
El río en resumen es una auténtica gozada de 2,5 kilómetros de clase IV/IV+ (5) que por la cantidad de veces que se pierde de vista o que hay que montar las seguridades lleva sobre las cuatro horas bajarlo. El carácter es diametralmente opuesto a la parte clásica ya que aquí estamos ante un “paso-poza” mientras que abajo el desnivel es menos pronunciado pero los pasos más continuos.
El Germany, se está convirtiendo en el Spielberg piragüero y ha tenido la paciencia de montar un pequeño vídeo, haciendo énfasis en mí hostia (como se las gasta el zampa-bratwursts este ;) )
Por cierto el sábado por la noche lo pasé reparando la proa de la Mamba. Es casi increíble el efecto memoria del PET, con un poco de agua caliente la abolladura desapareció y el kayak vuelve a estar perfecto. No ha habido ni la temida apertura de la punta ni las zonas debilitadas (las típicas estrías blancas) por sobretensión.
Salu2
PD: Algunas de las tomas son del primer descenso, del cual no pude contar nada en este blog ya que había que guardar cierta discreción tanto sobre la fecha como sobre los participantes del mismo.




